29 dic. 2014

Adoquín

—Escúchame: la gente asustada es peligrosa. Y la gente enfadada y asustada puede acabar con un ejército. ¿O es que quieres que asalten tu puto palacio esta puta noche y claven tu puta cabeza en una puta pica para ver si te hace gracia? —aulló, desesperado, cuando el rey se soltó y le lanzó una mirada preñada de veneno.

—Acompañad al señor de Laurvat a sus aposentos —ordenó sin mirar a los dos guardias que lo flanqueaban, demasiado ocupado en descargar todo el desdén de sus ojos sobre él—. Está claro que no tiene estómago para aguantar según qué cosas.

—¡Estómago, mis cojones! —gritó Danekal mientras se dejaba conducir hacia la puerta abierta del palacio—. ¡Eres un imbécil! ¡Vas a acabar con la cabeza reventada contra un adoquín, gilipollas!

—Majestad —lo corrigió uno de los guardias, propinándole un empujón amable que lo hizo trastabillar. Danekal le lanzó una mirada asesina.

—Majestad gilipollas, vale. O su muy imbécil majestad. A mí me lo llamaron unas cuantas veces —masculló—. Si hubiera conocido a este rey, Evan se habría frotado las manos de puro gusto. Y las orejas, joder.

Ninguno de los dos guardias hizo comentario alguno, aunque uno de ellos pareció tener dificultades para contener una risita.


De Entre las dos orillas (El Segundo Ocaso III)


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