28 ago. 2014

Las noches de Cheloris

El calor, que durante el día era insoportable, hacía de la noche un momento mágico. El aire irrespirable se agitaba con la suave brisa de los dos ríos y parecía brillar por sí mismo, violáceo, dorado, rosa, rojizo, negro, cuajado de estrellas. Las risas y canciones estallaban por todo Lanhav, libres sus habitantes de las cadenas del frío, de la lluvia y de la nieve, libres para pasar la noche en la calle, en las plazas, junto a las orillas de los ríos que regalaban su frescor con tanta generosidad como en invierno otorgaban una cualidad húmeda al helor que calaba hasta los huesos. Durante el día los lanhavenses buscaban el amparo de las sombras, se refugiaban en sus casas, procuraban no asomarse a la calle si podían evitarlo, no dejarse ver por el enorme y abrasador ojo del sol. Pero las noches, cálidas y risueñas, llenas de luz y sombras, de música y susurros, eran mágicas.

Y había pocas noches más mágicas que Cheloris.

La Noche de los Espíritus. La noche más corta del año, una noche para contar historias de fantasmas, para hablar con los muertos, para reírse del mismo miedo.

De El sueño de los muertos (El Segundo Ocaso II - Minotauro, 2013)


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