10 jul. 2014

(Más) extractos

El Signo lanzaba oleadas de dolor por todo su ser, los pedazos de cristal atravesaban su rostro, sus miembros, agujereándola sin compasión. El vacío la rodeaba, pero también el templo de cristal, que moría a su alrededor y la mataba lentamente a ella, a su asesina.

El ciclón se intensificó, el dolor con él. El Öi pulsaba violentamente sobre sus ojos. Cayó al suelo y se cortó las rodillas y las palmas de las manos. El Santuario se contrajo tanto que se hizo infinito, hacía tanto calor que ella empezó a temblar de frío. El Signo de su frente quemaba, helado, atravesando la piel y el hueso de su cráneo.

—¡Vete! —gritó, desesperada, tan fuerte que fue incapaz de oír su propia voz—. ¡Vete de mi cuerpo, déjame en paz!

Soltó un alarido cuando el Öi desgarró su alma y la desmenuzó como ella había hecho con la columna de cristal, llenando el infinito de pedazos de ella misma, estrellas plateadas que se convirtieron en polvo. Forcejeó mientras se hundía en la negrura, agitando las manos en busca de algo a lo que asirse, algo que impidiera que el vacío se la tragase.


La Elegida de la Muerte (Ediciones B, 2010)



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