28 jun. 2014

Pasadizos

Se inclinó y contrajo el cuerpo para salvar el hueco. Desde el otro lado asomó su mano; el soldado que sostenía la antorcha se la entregó, y tanto el brazo como la luz desaparecieron por el agujero, dejando el pasillo en penumbra, iluminado sólo por la segunda antorcha que portaba uno de los soldados que se hallaban a la espalda de Kal. Todavía aturdido, Kal metió la cabeza y los brazos por el hueco. Era tan estrecho… Cerró los ojos, agobiado por la opresión de la piedra sobre la cabeza, a ambos lados de su cuerpo. «Melliza». Una aguda punzada de pesar lo paralizó.

—Majestad —susurró Angarad. Kal parpadeó. «Melliza… ¿Dónde estás?» Lejos. Demasiado lejos.

Tuvo que reptar y sacudirse para poder llegar al otro lado, donde Angarad lo esperaba con la mano tendida para evitar que se diera de bruces en el suelo.

Se puso en pie y miró a su alrededor mientras los demás soldados traspasaban la pared. El corredor se había convertido en un túnel cuyas paredes, suelo y techo se unían formando una sección irregular que recordaba vagamente a un círculo. Casi por completo a oscuras salvo por la temblorosa llama de la antorcha, lo único que se veía era el barro negro que rezumaba de las paredes y el techo, que cubría el suelo con una pátina viscosa y llenaba el aire del olor picante y penetrante de la humedad.

De El sueño de los muertos (El Segundo Ocaso II)





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