19 jun. 2014

De reyes y reinas y demás fauna

—¿Vais a hacer algo, mi señor? —preguntó Kinho de Talamn. El rey parpadeó y lo miró sin cambiar de postura; el señor de Talamn parecía verdaderamente preocupado por su soberano. Adelfried sonrió.
—Voy a hacer lo mismo que llevo haciendo un año. O sea, no voy a hacer nada —contestó. Kinho abrió mucho los ojos: su sorpresa aparentaba ser genuina. ¿Por qué no iba a serlo? «¿O es que toda Cohayalena sabe que el rey sabe que es un cornudo?»
—Pero... Majestad...
—Kinho —le interrumpió sin ceremonias, y puso los ojos en blanco—. Hace siglos que sé lo que Thais hace con Vohhio en su tiempo libre. ¿Crees que, si tuviera intención de hacer algo, habría esperado hasta que su embarazo fuera tan evidente? ¿No habría sido más sencillo mandarla al cuerno antes de que Riheki me llenase las calles de banderolas anunciando el próximo nacimiento de mi heredero? —preguntó, sardónico.
Kinho sonrió.
—Tenéis razón, señor —admitió con una graciosa reverencia—. Y lamento que fuera precisamente mi esposa quien empujó al señor de Vohhio a los brazos de la vuestra.
—Fue involuntariamente, estoy seguro —dijo Adelfried con una mueca, girando el cuerpo para cambiar de postura en el incómodo trono.
—Pero sigo pensando que deberíais deshonrar el león de Vohhio.
El rey hizo una mueca, aburrido.
—Eso sólo le daría una alegría al Gremio de Costureras, Kinho. ¿Y de qué me serviría cortarle las pelotas al estandarte de Adhar, si voy a acabar regalándole el trono al crío que ha salido de las suyas? —agregó, apoyando la mejilla en la palma de la mano.
—Al menos, todo el reino sabría que ha caído en desgracia...
—Sí —bufó Adelfried—. Y que ha ido a caerse justo entre las piernas de mi mujer. Eso sería estupendo, desde luego.


De La Elegida de la Muerte (El Segundo Ocaso, libro I)




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